La pena
recorre tu cuerpo, tu amor es cada día más efímero, esa noche te
sientes tan estúpido que no sabes aun si seguir sentado o emprender
la marcha.
La
cuadrada mesa, la calle rodeada de caminantes, el sonido del tango
volando entorno a los dos, las pocas luces que emergen del corazón
del bar, la temprana y vacía hora, y tu alma rota procesando el sin
sentido de la vida.
La
existencia estaba ya perdida. Por aquello que habías luchado estaba
esfumado por propias y erróneas decisiones. Cuan difícil resultaría
pensar en tales circunstancias, en las que la juventud ya no era una
esperanza sino una maldición de anhelar los pormenores de las
poesías soñadas, de las novelas y las cartas de amor.
¿Esas
sonrisas regaladas eran solo otra mentira?
La
primer cerveza ya coronaba la mesa de arrabal y los vasos apenas
limpios ahora eran panaceas de la desnuda noche. Un violín de fondo
daba el pie para beber, y el cigarrillo que condimentaba las sonrisas
ya se había acabado.
Su voz
era tan suave y rasposa que apenas se comprendía, pero parecía algo
familiar, digno de entender sin esfuerzo.
La
mente aun no estaba centrada, y el corazón cada vez más herido.
Pero los aditivos de la vida, esas salidas fáciles e ilegales que
tanto sabías usar estaban empezando a ser tus aliados de esa
hermosa noche, y de tantas otras.
Levitas
del suelo. El primer frío era ya un pasado, la incómoda silla de
madera era un fino sofá de lectura, como el que tienes, y amas, en
tu cuarto, las penas desaparecieron, aquella divina mezcla, aquel
coctel celosamente combinado borró todo pasado, aunque fuera por un
momento, un hermoso momento que tenías el derecho a disfrutar,
aunque fuera una última noche, de amor sin preocupaciones, de pasión
pleno de satisfacciones.
Sentiste
la necesidad de plasmar tu vida por completa, y tuviste su atención
y preocupación por un momento, pero aun más importante sabías que
para él nada de eso importaba, y que tu historia era de una eterna
hermosura, tan común como cualquier otra.
Esa
noche en tu mente nunca terminaría, y la prologarías sin duda una
eternidad, capaz de todo, despreocupado desde el inicio, esa eterna
hermosura que llaman vida, esa hermosa oportunidad de ser feliz se
había presentado, sin títulos, sin tildes ni promesas, vacías u
reales.
Sus
miradas se encontraban a cada instante, y la pasión de arrojarse
sobre la vereda y recorrer sus cuerpos desnudos, besarse con pasión,
y sentir el calor de la creación; el mundo no existía, eran tan
solo dos almas al denudo compartiendo una noche de su vida.