lunes, 25 de julio de 2016

Caricias enredadas de colores

Tomados de la mano, sin querer ser vistos, sin ser vistos. Encontrados por una cita casual sin casualidades.
Entraron por las grandes puertas museicas de la casona, con empedrado lejano, ubicado al parecer por accidente, por traumáticas fallas de una vida de pisadas, de gastadas ruedas de carruajes, de humanos sin lugar donde ir, que la recorrieron sólidamente. Una entrada casi sin valor, una lucha de invitaciones, un pago que poco o mucho hacen que las ganas sean aún más intensas.
Hablan y acercan sus caras, queriendo besarse, llamándose mutuamente cual pájaros de vieja sabana.
Recorren los pasillos, traspasan los salones con inundados por colores, olores, épocas y años pasados de moda. La mezcla filantrópica de los salones energiza su excitación, sus labios carnosos tono escarlata deseosos se observan.
La vuelta del círculo de violines los marea junto a los techos amarillentos. Sus ojos no dejan de observarse y a su vez a las pequeñas miniaturas que los rodean, que los tienen, los organizan y llaman minuto a minuto.
Se sienten ahogados de tanto placer de sus sentidos.
Los pasillos los llevan nuevamente hasta el final, que como siempre es el principio, y a su vez un nuevo principio.
Los adoquines otra vez, pero en direcciones diferentes los llevan a un jardín soñado de épocas románticas, de paredes húmedas.
Sus labio se juntan, y sus ojos se cierran bajo el jazmín maltrecho, asqueroso y hermoso a su vez, por su falta de luz, pero su lucha por sobrevivir, y están, allí, como ellos, que juntándose luchan contra ellos mismos, contra sus otros amores, contra las opciones, contra la familia, contra la propia vida.

Sus cuerpos suavemente se entrelazan, forman una existencia por un instante, el olvido es ahora su único recuerdo.