Tomados de la
mano, sin querer ser vistos, sin ser vistos. Encontrados por una cita casual
sin casualidades.
Entraron por
las grandes puertas museicas de la casona, con empedrado lejano, ubicado al
parecer por accidente, por traumáticas fallas de una vida de pisadas, de
gastadas ruedas de carruajes, de humanos sin lugar donde ir, que la recorrieron
sólidamente. Una entrada casi sin valor, una lucha de invitaciones, un pago que
poco o mucho hacen que las ganas sean aún más intensas.
Hablan y
acercan sus caras, queriendo besarse, llamándose mutuamente cual pájaros de
vieja sabana.
Recorren los
pasillos, traspasan los salones con inundados por colores, olores, épocas y
años pasados de moda. La mezcla filantrópica de los salones energiza su excitación,
sus labios carnosos tono escarlata deseosos se observan.
La vuelta del
círculo de violines los marea junto a los techos amarillentos. Sus ojos no
dejan de observarse y a su vez a las pequeñas miniaturas que los rodean, que
los tienen, los organizan y llaman minuto a minuto.
Se sienten
ahogados de tanto placer de sus sentidos.
Los pasillos
los llevan nuevamente hasta el final, que como siempre es el principio, y a su
vez un nuevo principio.
Los adoquines
otra vez, pero en direcciones diferentes los llevan a un jardín soñado de épocas
románticas, de paredes húmedas.
Sus labio se
juntan, y sus ojos se cierran bajo el jazmín maltrecho, asqueroso y hermoso a
su vez, por su falta de luz, pero su lucha por sobrevivir, y están, allí, como
ellos, que juntándose luchan contra ellos mismos, contra sus otros amores,
contra las opciones, contra la familia, contra la propia vida.
Sus cuerpos
suavemente se entrelazan, forman una existencia por un instante, el olvido es
ahora su único recuerdo.
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